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EDUCACIÓN

El método científico como modelo educativo en la escuela

La Escola L’Horitzó es la primera en Europa en adoptar la metodología STEAM, una pedagogía que traen desde el Museo de Ciencias de Boston.

LIDIA MONTES
08/11/2016

 

Ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, todo ello combinado con las artes. La conjunción de todas estas disciplinas en la educación es lo que se da en llamar STEAM. Una corriente pedagógica que aboga por integrar en el currículum escolar estas áreas, a través de proyectos como traslación de los problemas del mundo real. Una escuela catalana ha sido pionera en la implementación de tal modelo de conocimiento en sus aulas, no sólo en Cataluña o España, sino en Europa.

Hasta el Paseo de Bonanova, en Barcelona, hay que trasladarse para encontrar la pequeña Escola L’Horitzó. La implementación de esta nueva corriente nace de un acuerdo con el Museo de Ciencia de Boston y otro con la Universidad de Tufts (Massachussets), y es que ambas instituciones son referencia mundial en la promoción de nuevas metodologías educativas con las STEAM como eje principal. Son 300 niños, de hasta 16 años, los que se adentran, este curso, en estas técnicas de investigación y experimental basado en pedagogía activa a medida para cada alumno.

«Nos permite trabajar el método científico de una forma muy consciente. Muy importante para desarrollar capacidad de observación, análisis, plantear una hipótesis...aporta una sistematización a un proceso que ya hacíamos aunque quizás no de forma tan consciente», afirma la directora del centro, Anna Valero. Aulas abiertas, sin puertas, interacción con el espacio, movimiento libre y un tiempo para no llevarse tareas a casa. Son, a primera vista, algunas de las dinámicas que más sorprenden en este colegio. Lo cierto es que esta escuela era ya referente con un modelo pedagógico propio inspirado en metodologías como Montessori, Decroly o Freinet con casi 50 años tras de sí. «Los alumnos trabajan en equipos que se proponen unos retos agrupados por edades», comenta la directora Anna Valero.

Dos maestras de la escuela estuvieron en el Museo de Ciencias de Boston para aprender de esta metodología que ya es líder en EEUU y traerla hasta Europa. Su traslación al día a día se basa en dos puntos principales: por un lado lo que podría ser traducido como Con las manos (Hands On). Un punto que quiere ser reflejo de que el alumno aprende a través de su propia experiencia y de hacer las cosas por sí mismos, sea en el taller de robótica o de programación. Pero más allá, se encuentra ese aprendizaje basado en la resolución de problemas. «Adquieren conocimientos aportando una solución, sea fabricando materiales o construyendo molinos de viento, por ejemplo. Es decir, eliminan en papel teórico como núcleo principal del aprendizaje». Y es que diversos estudios señalan la eficacia de aprender cuando el alumno se implica en algo.

Se sirven, al igual que promueven desde la universidad de Massachussets, de Lego para aprender robótica, en una traslación a proyectos cuyo objetivo es resolver un problema: «tienen que pensar. Ellos no hablan de la operación suma y, no obstante, tienen que servirse de ella para afrontar sus retos», resuelve Valero. Adaptado a cada edad la propuesta huye de la abstracción que conlleva el aprendizaje en una pizarra.

La evaluación difiere en función de las edades. Aún así, Valero explica que a partir de los ocho años los niños comienzan a tener capacidad de abstracción, aquí hacen pues una evaluación continuada: «un buen profesional sabe donde está su alumno. No necesita hacerle un examen para saber si sabe o no sumar bien»; pone por ejemplo. Aún así, en niveles más altos estas pruebas sí están presentes si bien reconocen que no es la única herramienta que utilizan para saber si un alumno progresa o no.

 

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