Diario de Valladolid | Viernes, 6 de diciembre de 2019

10:01 h. LEX ARTIS

La niña Jesusa

28/12/2015

LO ESCUCHÉ mientras esperaba a una amiga para tomar un café. El bar era de esos en los que la música impide que se hable cuchicheando, si bien no hacía falta gritar, así que no fue muy difícil ponerme en modo wifi una vez que escuché un rotundo «lo ha prohibido». Es de esas frases que ponen en alerta, al menos a mí. Sintonicé con la conversación de la mesa contigua, en la que una madre hablaba sobre las órdenes, tajantes, de un director de colegio en la provincia de Segovia. «Aquí no se va a cantar ni un villancico», eran las palabras que se ponían en boca del docente. Se trata de un colegio público, como Dios manda.

Aunque nunca fui a uno privado, entiendo que hoy por hoy hay más tolerancia en éstos, ya que no se confunde laicismo con la imposición del agnosticismo. Sobre las creencias yo sigo manifestándome un profundo y fervoroso incrédulo respecto de las ideas, o su ausencia, que se imponen de modo autoritario. Y la prohibición de cantar villancicos es, sin duda, una decisión coactiva.

No sé si al director de ese colegio no le gusta que el Niño Jesús sea varón, o que junto a él haya un bóvido, y el buen hombre sea antitaurino. Bien pudo pensar en autorizar que se cantara a la Niña Jesusa, una vez que los Reyes Magos han transexualizado su apariencia para contento de quienes ni siquiera las metáforas quedan fuera de las absurdas leyes (en su mayoría) sobre paridad y género.

Los avances tecnológicos avanzan a la misma velocidad, o quizá a una menor, que la idiotez humana. La Navidad puede entenderse en modo creyente y en modo ateo. Puede creerse en Dios o no. Puede pensarse en los textos sagrados como bellas metáforas o anhelos, como realidades a creerse a pie juntillas, o como reediciones de leyendas de algún predicador visionario. Todo es lo que creemos que es y, a veces, lo que nos gustaría que fuera.

Prohibir que se canten villancicos suena a incompetencia y frustración personales, y a las ganas de esparcir su quemazón sobre la hermosa inocencia de los niños.