Diario de Valladolid | Jueves, 19 de septiembre de 2019

12:23 h. FRUTOS ROJOS

Una cosecha en números rojos

La recogida de cerezas estaría a punto de terminar pero el hielo de principios de abril, que pilló el fruto «ya cuajado» y los hurtos de animales salvajes han dejado bajo mínimos la campaña

E.ORTIZ 29/07/2019

Piñel de Abajo es el pueblo de los mil cerezos. Así lo dibujaba una cita del Catastro del Marqués de la Ensenada de 1752. Por aquel entonces, la cosecha plagaba las casas de este municipio vallisoletano a razón de 50.000 kilos anuales de estas perlas rojas. Un color intenso que la concentración parcelaria apagó por completo, tal y como refleja el mural de Manuel Sierra que viste ahora sus calles, al acabar con todos los frutales que hacían las veces de límites entre propiedades. 

El empeño de sus habitantes es, desde hace cerca de 15 años, recuperar sus orígenes. Del tesón de los piñelanos, y al amparo de la asociación cultural El Prao de Luyas, surgió la Feria Ibérica de Fruticultura que en marzo sopló 12 velas. Con el superávit de 2018 plantaron más de 3.000 árboles este invierno que superan los 20.000 si se contabiliza la última década. Dentro de la «puesta en valor» de su esencia, el cerezo cobra un protagonismo especial. «El año pasado el proyecto ya tenía una envergadura suficientemente grande para plantear un evento centrado en la cereza. Más de 300 personas se acercaron a una feria en la que se vendieron más de 3.000 kilos», celebra el presidente de la agrupación para asegurar que la cosecha en números rojos de esta campaña no ha conseguido chafar la segunda edición, con alternativas como la poda en verde o los injertos.

La floración de los cerezos tiene lugar en la segunda quincena de abril. La época de cosecha llega dos meses después. Las variedades más tempranas se empiezan a recoger en la antesala de la fiesta de San Pelayo. «Durante la procesión, que es el 26 de junio, el santo sale adornado con guirnaldas de cerezas», justifica Eduardo Perote. Las siguientes en caer del árbol son las picotas, mientras que la blanca y la corazón de pichón son las más tardías. «Normalmente, en estos momentos estaríamos ultimando las labores», apunta antes de lamentar que el tándem formado por el hielo y los hurtos de animales salvajes han llevado al traste la temporada. «Heló el 3 de abril acabando prácticamente con todo, y lo poco que quedó se lo han comido los pájaros», lamenta para después contextualizar: «esta campaña ha sido mala, la anterior resultó buena y la de hace tres fue aun peor que esta».

La sequía no ha jugado un papel decisivo en estos malos resultados, pero sí ha influido. «Los animales silvestres pasan verdadera hambre y este año, como no ha llovido, aun más», señala Perote, quien insiste en depositar la mayor responsabilidad sobre la helada que llegó cuando cerezas ya estaban formadas. «No se heló la flor, sino el fruto ya cuajado. Porque hizo calor en febrero y en marzo, que además fue un mes bastante seco, y el proceso se adelantó 15 días», apostilla este agente medioambiental que dedica su tiempo libre a la botánica y la agricultura. Con este telón de fondo, Piñel de Abajo ha pasado de cerca de 700 kilos recogidos en la anterior campaña a unos cinco.

A LA PAR

Si los viñedos necesitan un compañero de baile, siempre buscan a los frutales: «al albaricoque en el sur de Ávila, al nogal en la Ribera del Duero y al cerezo en Piñel». La «orientación» de este municipio vallisoletano perfila la pista idónea para este baile de frutales. «Estamos en el margen derecho del río Duero y en un valle pequeño, rodeado de fuertes laderas que garantizan un microclima. Le da el sol por el día y por la tarde la sombra, por lo que hay una humedad relativa y eso es importante para los cerezos», describe Perote para añadir que los terrenos arenosos que acompañan a los valles, en cambio, resultan «pobres y flojos para el cereal».

En este escenario no hay una «superficie continúa» que permita hablar de hectáreas totales, pero «sí muchísimos particulares con cerezos». Fruto de ese trabajo de recuperación, Piñel ha doblado estos árboles en unos seis años, pasando de casi 500 a cerca de 1.000.

¿Qué exigencias plantean estos vecinos? «No necesitarían mucho cuidados, pero sí sería importante una poda a tiempo, aunque también se pueda hacer alguna en verde», explica después de sintetizar las exigencias en un refrán: «pódame en marzo, cálame en abril y échate a dormir». Hasta el momento, además, no han planteado graves problemas de enfermedades, aunque las primaveras lluviosas no les sientan bien. «La cereza se hincha, se llena de agua, se raja y aparecen los hongos», apunta.

Este amante de la agricultura está convencido de que cultivos como el de la cereza tienen en Castilla y León «mayor peso del que se les da». Palabras que, como puntualiza, cobran sentido en el contexto de una campaña también catastrófica para el cereal «con una cosecha reducida y unos precios muy bajos». Por ello, recomienda «no poner todos los huevos en la misma cesta» y apostar por la diversificación.

Junto a este consejo para los agricultores, Perote eleva otro a los políticos: «tener más interés y salir de sus despachos». En este sentido, les invita a pasear por ferias como las de Piñel de Abajo. «Porque lo único que necesita el cerezo es que le escuchen», asegura. A cambio de esta invitación, incide en una idea «realmente extraordinaria», que desde El Prao de Luyas llevan años reivindicando: el derecho a producir a pequeña escala. ¿Esto que supone? «La creación en pueblos de instalaciones con registro sanitario propio que puedan ser aprovechadas por los profesionales para elaborar y comercializar sus productos», resume dentro de su ahínco por «potenciar los recursos» rurales como arma en la batalla de la despoblación.

Junto a las cerezas, esta localidad vallisoletana también despunta en otros ámbitos como el del pistacho que, al contrario, ha salido completamente ileso de heladas. También está la trufa de verano que no plantea las mismas exigencias que la negra, que precisa «mucha altitud y precipitaciones». Piñel presume de ellas con el aval de grandes maestros de los fogones de la provincia, que las cataloga de «extraordinarias».