Diario de Valladolid | Jueves, 17 de enero de 2019

Pérez Antolín encapsula su ideario en ‘Crudeza’

Regresa con un nuevo libro de reflexiones en el que conviven el relato, la poesía y el ensayo

JULIO TOVAR / VALLADOLID 31/12/2018

«Los aforismos, como las poesías, nacen de la inspiración, de la iluminación: basta una imagen, una palabra o un paisaje, por ejemplo. Me he dado cuenta de que es inútil renunciar a escribirlos», reflexiona Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1964), que en los últimos años, mientras se afanaba en recrear las vivencias de un ermitaño en un tiempo y lugar poco definidos, dando forma a una novela ya concluida, hilaba al mismo tiempo un nuevo libro consagrado a un pensamiento esencial, condensado, crudo en tanto que se presenta sin miramientos ni adornos, pese al tono lírico que encierra.

Vuelve Pérez Antolín a las librerías con Crudeza (Editorial Trea), una colección de aforismos que, en manos del escritor abulense, se convierten en crisol donde fundir ensayos encapsulados, poesía y hasta relatos breves cargados de intención, géneros que conviven y se entrelazan en las páginas del libro. «Me van a acompañar toda la vida. Se han convertido en una especie de dietario intelectual», reconoce el autor de Profanación del poder (2011), La más cruel de las certezas (2013) y Oscura lucidez (2015).

‘Recuérdame que jamás tome la palabra en nombre de nadie. Con destrozar mi reputación (...) me basta’, escribe en Crudeza. Pérez Antolín, a contracorriente en unos tiempos en los que abundan los apóstoles.

«Hoy es muy difícil gestar un pensamiento propio. Es la gran dificultad de estos tiempos: algunos pretenden que no tengamos esa capacidad, que sólo podamos manejar soflamas, pseudoideas... eslóganes producidos de forma casi industrial por otros. Hoy todo está en contra de esa capacidad reflexiva que ha permitido al hombre individualizarse, tener conciencia y aportar libremente al resto», lamenta el escritor afincado en Ávila en declaraciones a este diario.

PODER Y SOCIEDAD

La degeneración de la política o la deriva de una sociedad cada vez más hueca y liviana ocupan buena parte del pensamiento de Pérez Antolín, como ya ocurriera desde la aparición de Profanación del poder. «Muchos han reflexionado ya sobre el poder. Pensemos en Foucault, que siempre me ha inspirado. Me preocupa hacerlo de una forma amplia, no sólo como una tecnología política, sino como una masa de imposición que crea una cultura de sometimiento y alienación», advierte Pérez Antolín.

‘Hemos dejado de implicarnos en lo público para mostrarnos públicamente’, alerta en Crudeza. Una sociedad que se entrega, a juzgar por el autor de poemarios como Semántica secreta, que subraya «la paradoja»: en unos tiempos en los que, por ejemplo, la ciudadanía se abstiene cada vez más de ejercer su derecho al voto, al mismo tiempo ésta vive cada vez más obsesionada por mostrarse en las redes sociales, en lo superfluo. «Buscamos trascender, que se nos tenga en cuenta, pero a las cosas importantes, las que afectan a las grandes cuestiones políticas y sociales, les damos la espalda».

‘La degeneración de la política actual: el estratega se impone al ideólogo. Cómo ganar por encima de para qué ganar’, escribe Pérez Antolín, certificando la defunción de los ideales, constatando lo que considera el vacío por la ausencia de convicciones y valores. «Eso, que es la esencia del comportamiento humano en sociedad, del zoon politikon, casi ha desaparecido ante la lucha descarnada por el poder. Sólo importan las estrategias para alcanzarlo, sin importar los ideales», lamenta.

A la falta de ideales se suma la nula rebeldía de una ciudadanía que, como escribe el vate, considera que ‘el gran terror de nuestro tiempo es resultar prescindibles. Que no deseen ni explotarnos siquiera’. Las desigualdades y la precariedad laboral ocupan no pocas líneas en Crudeza. «Ahora, el movimiento obrero ya no busca tanto mejorar las condiciones laborales como garantizar simplemente el acceso al trabajo, que no deja de ser una explotación. Así estamos. Al menos somos necesarios como consumidores», reflexiona con ironía.

El autor, que evoca las virtudes cardinales de los clásicos cuando reivindica el poder inmunizador de la templanza, reconoce el peso de aquellos en su formación. «Han tenido una importancia fundamental en mí. Son la base porque han marcado la historia del pensamiento y de la literatura. Los clásicos enseñan una filosofía de vida. El estoicismo o el epicureísmo son hoy armas muy necesarias para saber comportarse y aguantar los embates de una vida despiadada como la que se nos plantea, a veces por desvitalización de lo humano y otras por inanidad».