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«La sociedad se escuda en la masa para ser cruel»

Alberto Velasco, actor y director de escena, protagonista estos días en Madrid con el musical ‘Billy Elliot’, estrena este fin de semana en el Calderón ‘Escenas de caza’

J. TOVAR / VALLADOLID
15/11/2017

 


El Teatro Calderón acoge este sábado el estreno del segundo espectáculo de Malditos Compañía, de nuevo con Alberto Velasco (Valladolid, 1982) dirigiendo a un elenco en el que figura la vallisoletana Karmen Garay.

El responsable de montajes como ¡Vaca!, Mademoiselle Monarquía, Delicia o La inopia. Coreografías para un bailarín de 120kg, y uno de los protagonistas del musical del año, busca reeditar el éxito del anterior montaje –Danzad, danzad, malditos ganó el Max al Espectáculo Revelación– llevando a las tablas Escenas de caza, una obra a partir de un texto de Martin Sperr sobre la intolerancia y la homofobia en un entorno asfixiante, que fue adaptado al cine por Peter Fleischmann en los años setenta.

Pregunta.– No tendrá tiempo ni para tener nervios, con funciones de Billy Elliot cinco días a la semana hasta mediados de enero.

Respuesta.– No me quedan. Tengo que elegir hasta cuándo me pongo malo.

P.– Y el actor contraprograma al director. ¿No podrá acudir al estreno en su ciudad?

R.– Tengo un compañero que me sustituye un día a la semana, así que podré ir el domingo al Calderón.

P.– Escenas de caza narra la cacería humana a la que es sometido un hombre por sus vecinos, que dudan de su sexualidad. Son homófobos, pero da la sensación de que podían haberle perseguido por cualquier otra causa.

R.– Absolutamente. Abramm podría ser víctima de cualquier pretexto que pudiera esgrimir esta sociedad. Esa es la historia de la película y de la obra de teatro, pero nosotros, como ya hicimos en Danzad, danzad, malditos, ponemos en juego el azar. Cada día una persona puede ser la víctima, el Abramm de turno, con todo el pueblo yendo en contra de su persona.

Al diferente se le intenta hacer daño por muchas razones. Si lo piensas, son tantas que son aleatorias. Lo que en un lugar parece que se ha de perseguir en otro es lo contrario.
P.– Esa falta de respeto por el prójimo, de empatía por los que nos rodean, también estaba presente en el anterior montaje de la compañía.

R.– Sí. Tienen bastante que ver las dos obras. Aquella hablaba sobre los rechazados, sobre los perdedores, y ésta, yendo de lo general a lo individual, muestra cómo toda la basura de la sociedad cae sobre una persona, sobre un chivo expiatorio. En Escenas de caza el mensaje es más fuerte, más directo: el espectador puede hacer el viaje junto a esa persona a la que todo el mundo machaca sin una razón aparente, porque en ningún momento se desvela el porqué de la cacería.

P.– Cómo llega a esta historia.

R.– Hace años vi la película. Andaba rondando en mi cabeza y cuando pensábamos en hacer el segundo espectáculo de los Malditos en seguida me vino a la cabeza. Quizá tenga una comunión especial con los parias. Tenemos en el teatro la responsabilidad de dar voz a quienes no la tienen en la vida.

P.– Hace años, la artista Marina Abramovich brindó su cuerpo desnudo e inmóvil al público para que interactuara: las caricias derivaron en acciones violentas. ¿Asusta la masa?

R.– La sociedad se escuda en la masa para ser cruel, para hacer cosas atroces contra sus iguales. Lo curioso es que da igual quién esté enfrente, porque mientras haya alguien en la diana no estarás tú en ella. Tú te salvas así. Es una forma exculpación. La responsabilidad se diluye en el colectivo.

P.– El azar es un elemento presente en los dos montajes de Malditos. ¿Qué papel juegan la danza y la acción física en esta obra?

R.– Éste es un montaje más teatral, con mucho texto. La dramaturgia es más cerrada. Pero hay mucho, mucho movimiento, mucho trabajo corporal.

P.– Repiten Alessio Meloni y Mariano Marín levantando el espacio escénico y musical. ¿Ayudan a dar una pátina reconocible a la compañía?

R.– Sí, desde luego. Tengo la suerte de trabajar con esta compañía que es como un laboratorio. Nos pasamos mucho tiempo cocinando el proyecto, trabajando poquito a poco durante seis meses, creando la obra, dejándola reposar. En ese laboratorio participan todos. La manera de crear es muy viva. Hay una comunicación continua con todos. Es muy importante contar con los mejores, porque harán que la obra brille más... ¡Y se aprende con ellos tanto!

P.– Danzad, danzad, malditos fue un salto al vacío. ¿Cómo vivió aquel reconocimiento? ¿Cuántas puertas les ha abierto el Premio Max?

R.–El premio me paralizó. Sentía tanta responsabilidad que no sabía cómo hacer un espectáculo para estar a la altura. Por lo demás, tengo que decir que ningún teatro público se ha interesado por nuestra compañía; sólo lo ha hecho Kamikaze –el antiguo Teatro Pavón de Madrid, ahora gestionado por un equipo con Miguel del Arco a la cabeza–. El Max fue un regalo de la vida de la profesión, un decir: ‘chicos, os queremos’. Pero nada más. Hemos tenido que empezar de cero para volver a hacer visible nuestro trabajo. Pero no pasa nada, encontraremos nuestro lugar para seguir dando guerra.

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