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ANTONIO HERNÁNDEZ, DIRECTOR

«El futuro del ser humano pasa sólo por la cultura»

El cineasta salmantino responsable de títulos como ‘Lisboa’ o ‘En la ciudad sin límites’ recibirá el 21 de octubre la Espiga de Honor de la Seminci, en el marco de la Gala del Cine de Castilla y León

C. COMBARROS / ICAL VALLADOLID
19/10/2019

 

Cuenta Antonio Hernández (Peñaranda de Bracamonte, 1953) que en los dos cines de su pequeña localidad natal es donde aprendió a soñar, pero fue ya en sus años de estudiante de bachillerato en Salamanca cuando el azar le llevó a adentrarse en el Cine Gran Vía para vivir una experiencia catárquica al descubrir 2001: una odisea en el espacio, la película que le convenció de que tenía que dedicarse al cine. El 19 de octubre de 1979 presentó a competición de la Seminci, en el Teatro Lope de Vega, F.E.N., su debut en el largometraje, y cuarenta años después regresará al festival vallisoletano para recibir, el próximo 21 de octubre, la Espiga de Honor, en el marco de la Gala del Cine de Castilla y León en el Teatro Zorrilla, informa Ical.

Pregunta.– ¿Cómo vive el proceso de despoblación?

Respuesta.– Me pasa lo mismo que cuando veo cómo se han ido cerrando cines a lo largo de toda la geografía española: ¡Qué tristeza! ¡Qué pena! Aquellos palacios del entretenimiento que eran protagonistas de la vida de los pueblos y de las pequeñas ciudades fueron desapareciendo y curiosamente ahora, cada vez que llega el cine en ruta, que llevan el cine como los pioneros y se proyecta en la plaza, resulta que se llena. Hay algo absurdo ahí. Yo creo que en general el pueblo, la gente, no es consciente de que sus movimientos marcan su futuro, y de que si tú empiezas a no comprar en la tienda de al lado, la tienda de al lado acabará cerrando, y tendrás que irte más lejos a comprar. Es algo que no aprendemos.

P.– Con 18 años, acababa de marcharse a estudiar Ciencias de la Imagen y le regala su primera cámara.

R.– Sí, mi padre ya empezó a aceptar que le había salido un hijo raro que quería estudiar para director de cine. Me compró un tomavistas Super8, una montadora y una empalmadora, y empecé a rodar mis primeras películas. Llegamos a rodar hasta un largometraje de hora y media en Super8, como aficionados, con mis amigos y mi familia, pero no lo llegamos a terminar de lo dura que fue la experiencia.

P.– Y aún así persistió...

R.– Y aún así me quedaron ganas… Este trabajo es agotador siempre, es muy duro, pero es tan espectacularmente único, que te sacrificas. En mi opinión es una de las profesiones más exigentes que hay, porque un director de cine está contestando preguntas desde que se levanta hasta que se acuesta, con todo un equipo que depende de cada una de sus decisiones. Es un trabajo de demasiada responsabilidad, pero es muy bonito.

P.– ¿Cómo surgió la inquietud por contar sus propias historias?

R.– Yo me enamoré del cine un buen día en el que a todos mis compañeros de pandilla menos a mí les dejaron entrar en el Cine Taramona a ver un documental alemán que se le había colado a la censura que se llamaba Helga, el milagro de la vida. Recuerdo ir caminando y ver un cartel con naves espaciales en el Cine Gran Vía, entrar en la sala y estar yo solo. Ponían 2001: una odisea en el espacio, y allí me enamoré del cine. Me quedé tan fascinado de aquello que pensé que quería hacerlo, y luego me influyó que todos los directores que empecé a estudiar y que admiraba eran autores: Truffaut, Fellini, Buñuel, Bergman… Todos habían escrito sus películas y yo quería dedicarme a esto y contar mis historias.

P.– En Madrid fundó con varios compañeros de la universidad Micra Film. ¿Sentía ya que necesitaba su propia productora?

R.– Los cuatro que montamos la productora pensábamos algo de lo que sigo convencido, que la mayor parte de lo que hagas depende de ti, no de tu suerte, ni de que te vayan a llamar o a contratar. Pusimos un dinero que pedimos prestado a nuestras familias, echamos a suertes a quién le tocaba hacer cada cosa y a mí, por casualidad, me tocó hacer el guion y la dirección.

P.– ¿Qué recuerda de aquel estreno en la Seminci?

R.– Dos caras muy diferentes. El primer pase fue un éxito de público. Recuerdo estar en el palco junto a mi hermano, López Vázquez y otros miembros del equipo y que el público aplaudía tanto que yo no sabía cómo reaccionar. Sin embargo al día siguiente hubo otra proyección donde la prensa más dura del festival le dio mucha caña a la película, algo que nunca entendí, porque luego a nivel internacional recibió unas críticas excelentes. Es una película comprometida de denuncia, que de alguna manera evidencia los errores del sistema educativo religioso imperante.

P.– España estaba en pleno proceso de cambio. ¿Fue una época apasionante para contar historias?

R.– Estábamos demasiado vigilados por el poder público y la falta de libertad, la censura y todo aquello generaba una especie de rabia. Había unas ganas tremendas de poder contarlo todo por fin, y de no tener que tener permiso para hablar.

P.– ¿Procediendo de un pequeño pueblo de Castilla y León, dedicarse al cine era una quimera?

R.– Para un chico de Salamanca dedicarse a producir cine era difícil porque no había nada. No había más remedio que irte a Madrid o Barcelona, porque no había ningún tipo de tejido industrial, y de hecho ahora tampoco lo hay apenas. Todo esto de la globalización ha provocado que, en general, lo poco que había de audiovisual se esté perdiendo.

P.– ¿Cuál considera que ha sido el punto de inflexión en su carrera?

R.– Probablemente Lisboa (1999), con Carmen Maura, Sergi López, Laia Marull y Federico Luppi. Yo solo había realizado dos películas a lo largo de muchos años y parecía que me iba a dedicar a otra cosa. Tuvo una crítica excelente y viajó por el mundo. Ahí renació mi carrera.

P.– ¿De cuál siente más orgullo?

R.– Francamente, de todo mi cine estoy muy contento. Sí que hay una película que es mi preferida y de la que se habla poco, quizá porque pudo quedar ensombrecida por En la ciudad sin límites, que es Oculto.

P.– ¿Qué balance hace?

R.– Que estoy empezando todavía. Esa es la sensación que tengo.

P.– ¿Cómo vive este homenaje?

R.– Ha sido una sorpresa. Me parece tan cariñoso, tan halagador, que no sé qué decir. Muchísimas gracias.

P.– ¿Qué poder tiene el cine y el arte para cambiar el mundo?

R.– Todo. La educación lo puede cambiar todo. Y el cine educa y culturiza como lo hacen la música, el teatro o la pintura. Solo hay un posible futuro para el ser humano que es la cultura; ni el dinero, ni la economía, ni la política… Si no hay cultura estamos perdidos.

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