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TIEMPOS DE FIESTA

San Nicolás el 6 de diciembre: Entre santa Claus y los Obispillos

 

Cada vez son menos los que piensan en el 25 de diciembre como el centro de la navidad. Porque, aunque uno se esfuerce en creerlo, la tozuda realidad se empeña en demostrarnos que las fiestas navideñas comienzan un mes antes. El ciclo navideño ha sido, desde sus inicios, una construcción mental creada, desarrollada y actualizada a lo largo de la historia en consonancia con los intereses de los poderes dominantes. Hoy no iba a ser menos. Inmersos en una nueva era, la del capitalismo exacerbado que ha alumbrado al nuevo ‘hombre consumidor’, se están adecuando los parámetros ideacionales a la nueva realidad social.

Cuando los cristianos de Roma comenzaron a celebrar la navidad, allá por el s. IV, (antes no se hacía porque los discípulos de Cristo honraban el día de la muerte como dies natalis, día del nacimiento a la vida plena) lo hicieron para cambiar de significado las fiestas solsticiales dedicadas al Dios Mitra. Las fiestas del Sol invicto. Coincidían con un periodo regido por las ‘saturnales’, en honor a Saturno, que se celebraban con disfraces, cambio de papeles y autoridades burlescas. Los antiguos romanos querían rememorar la época en la que los hombres, al inicio de la civilización, se consideraban todos iguales. Durante ellas se intercambiaban regalos y se los hacían a los niños. Estos mismos elementos, cambiándolos de significado entraron de lleno en las celebraciones cristianas.

Con motivo de la navidad, en el occidente cristiano y las naciones dependientes de esta cultura, se potenció un discurso de exaltación de la humildad, la pobreza y del amor, (caridad para los cristianos), tomando como ejemplo el amor de Jesús al hombre, por cuyo bien vino al mundo. Este es y ha sido el discurso hegemónico que, al parecer, no siempre se ha cumplido. Paralelamente se consolidó y potenció el consumo de alimentos excepcionales, el intercambio de regalos, a veces, en el caso de los ricos, muy caros, y una cierta redistribución económica a través de las ‘estrenas’ y aguinaldos. El consumismo y los excesos que hoy tanto se critican no son un invento reciente. Al contrario es una constante que ha convivido siempre con la religión. Sin embargo la balanza se ha desequilibrado exageradamente hacia el lado del derroche y el consumismo, velando, hasta cierto punto, la vertiente religiosa. En absoluto quiero decir que la navidad carezca del sentido religioso. Todo lo contrario, la religión funciona como una constante histórica de larga duración sobre la que se injertan ocasionalmente otros intereses.

¿Cómo se ha llegado hasta la realidad actual?, es complejo de explicar, pero merece la pena hacer un pequeño esfuerzo por acercarnos a ello. Lo que más está ayudando en la lucha por adelantar las fiestas, es la fusión con el Viernes Negro, o Black Friday, que ha conseguido internacionalizar la fiesta del consumo. Este año, por poner un ejemplo fácilmente constatable, no sólo se habla del Viernes Negro como el último viernes de noviembre. Ya se ha comenzado a llamar la atención sobre las rebajas en la semana anterior. Nos acercamos casi a mediados de noviembre, y lo más llamativo es que los discursos economicistas se hacen acompañar de las señas navideñas de identidad más populares. Hemos visto que la iluminación se ha encendido el día 23 de noviembre, con el señuelo de atraer turistas y reforzar la imagen de las ciudades o villas que compiten en la carrera por ser los primeros en llamar la atención.

En este ambiente y casi sin quererlo se ha vuelto a poner de relieve y recuperar la figura de San Nicolás, como la base y el origen de las tradiciones navideñas relacionadas con los regalos. Aludimos a S. Nicolás de Myra (Turquía), ahora conocido como San Nicolás de Bari, cuya fiesta se celebra el día 6 de diciembre. El Santo es famoso por su magnanimidad y por su poder taumatúrgico y por la protección de los niños. Se cuenta de él que, sabedor de que un padre tenía tres hijas a las que no podía casar por carecer de dinero para la dote, y ante el peligro de que la pobreza las condenase a la prostitución, se las arregló para hacerles llegar unas bolsas con monedas de oro, según otras versiones unas manzanas del mismo metal.

Una tradición mucho más moderna añade que el santo entraba por la ventana y dejaba el tesoro en los calcetines que las jóvenes colgaban todas las noches a secar en la chimenea. Otro milagro famoso consistió en resucitar a tres niños que un posadero había descuartizado y echado en sal, para servirles como bocado exquisito en su mesón. Alcanzó tanta fama de milagrero, que la ciudad de Bari fletó una escuadra para robar sus reliquias de la ciudad turca y llevarlas a Italia. Se conservan en la bellísima catedral de aquella ciudad. Pero los bareses no celebran especialmente su fiesta el día 6 de diciembre, como cabría esperar, sino el 8 de mayo, aniversario del traslado. Es entonces cuando la ciudad se vuelca en honor a su patrono y se reparte ‘la Manna’, un líquido milagroso que exudan los huesos del santo.

El Santa Claus actual, es una mezcla de las figura del Obispo y de Papá Nöel. El paso de San Nicolás a Santa Clauss se realizó en Holanda. La víspera del 6 de diciembre, fiesta del Santo, desembarcaba en los puertos holandeses y belgas (aún lo sigue haciendo) un personaje vestido de Obispo, procedente de España que reparte naranjas a los niños, y, por la noche, montado en un velocísimo caballo blanco, recorre las casas donde los pequeños esperan su llegada. Los infantes, antes de acostarse dejan un plato con hierba para alimentar al caballo del santo Obispo. Le acompaña un paje negro, encargado de bajar por la chimenea para dejar los regalos. El Prelado, un anciano de pelo largo y poblada barba viste capa de color rojo con ribetes de armiño y túnica blanca. Se cubre con una mitra y se apoya en un báculo. En Holanda se conocía como Sinter Klaas. Los escritores americanos cambiaron el nombre por Santa Claus.

El año 1870 el dibujante estadounidense de origen alemán Thomas Nast configuró a este personaje como un gordo feliz vestido con los colores rojo y blanco y tocado con un gorro puntiagudo de los mismos colores. El Santa Claus americano ya nació como icono comercial. Una compañía de frigoríficos añadió la leyenda de que Santa Claus-Papá Nöel procedía del Polo Norte, y que viajaba en trineo tirado por renos, como medio de transporte rapidísimo. En 1930, Coca Cola adquirió los derechos de esta figura, con lo que su internacionalización quedó asegurada.

Todo ello es fruto de una amalgama producida a lo largo del tiempo. El Obispo caritativo y dadivoso acaba siendo secuestrado por los intereses comerciales de las compañías americanas. Pero aún faltaba una anexión, la de la figura de Papá Nöel. Proviene de la tradición latina. De Francia e Italia donde se habla del ‘Babo Natale’, ‘Papá Nöel’, o sea el espíritu de la Natividad representado por un anciano bonachón, un abuelo más que un padre. Era el encargado de distribuir los regalos, tradición que pervivía en el Mediterráneo desde las antiguas saturnales.

Otra de las facetas que cargó sobre sí San Nicolás fue la exaltación de la igualdad y del cambio de papeles sociales durante un corto periodo. En las fiestas romanas los amos tomaban la condición de esclavos y servían y agasajaban a sus inferiores convertidos en señores. La tradición pasó al cristianismo y las jerarquías la utilizaron para humillarse y hacer penitencia a ejemplo del Niño Dios. En las catedrales, el día de san Nicolás, cuando en el Magnificat se entonaba la estrofa Quitó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humiles, el prelado se despojaba de sus vestiduras y con ellas revestía a un muchacho del coro, al más jacarandoso, cambiando entre sí los papeles. El niño del coro se conocía como el obispillo.

En la medida en que se institucionalizó esta fiesta, se perdió el primitivo sentido y se convirtió en un derecho que los mozos del coro exigían, y a través de la cual conseguían buenos beneficios económicos para celebrar maravillosamente la navidad. De las catedrales saltó a los monasterios, a las basílicas y a las simples parroquias, y se extendió entre la gente del mundo rural y los estudiantes de las universidades que se disfrazaban de obispos para conseguir buenos aguinaldos, a la par que recitaban y cantaban coplas con frecuencia irreverentes. Aunque las autoridades civiles y eclesiásticas intentaron prohibir estas rondas, no consiguieron gran cosa.

La fiesta de San Nicolás atesora todos los matices de la cultura tradicional navideña.

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