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Tras el rastro de Manuela y Virginia

El hallazgo en un pantano de una mandíbula que perteneció a una adolescente fallecida hace 25 años devuelve la atención sobre las dos niñas de Aguilar desparecidas en el 92 / Las familias están a la espera de los resultados de ADN

F. RAMOS / A.C. OLCESE / VALLADOLID
12/01/2018

 

La sequía que dejó sin agua a los pantanos del país devuelve a la actualidad una desaparición que sacudió al municipio palentino de Aguilar de Campoo hace 25 años, la de las niñas Manuela Torres y Virginia Guerrero, que entonces tenían 14 y 13 años, respectivamente.

Las dos menores salieron el 23 de abril de 1992 de su casa y nunca regresaron. Sus padres creyeron que se iban a un cumpleaños de otra amiga, pero se montaron en un tren y se trasladaron a la localidad cántabra de Reinosa, a tan sólo 30 kilómetros, para salir de fiesta.

Las vieron en una discoteca, en una zona de bares y también en el camino de regreso. La última vez que alguien asegura haberse encontrado con ambas fue haciendo autostop en el camino de vuelta a casa.
Desde ese día, nada se sabe de ellas. El rastro se pierde alrededor de las nueve de esa noche, cuando, según un testigo, un coche blanco paró junto a ellas.

Ahora, tras un año de sequía que ha vaciado los embalses de España, los análisis sobre un hallazgo del pasado octubre en un pantano de La Población de Yuso, en Cantabria, sacan a la luz una mandíbula que el ADN determinará si pertenece a alguna de las dos amigas.

Hace tan sólo unos días, los estudios forenses concluyeron que podía pertenecer a una adolescente de entre 13 y 16 años que habría fallecido hace aproximadamente 25.

En un primer momento, los agentes de la Guardia Civil de Torrelavega que acudieron al pantano donde apareció la pieza ósea creyeron que podría tratarse de restos procedentes de un cementerio que más tarde cubrió el embalse. Los trabajos del anatómico forense descartan esa hipótesis.

Los nuevos indicios despertaron las alarmas y la incertidumbre sobre el caso de las niñas de Aguilar, aunque ni el juzgado de Reinosa –al que corresponde la investigación sobre la mandíbula– ni el de Cervera de Pisuerga, en Palencia, –que archivó el caso de las niñas– han vinculado aún la mandíbula a ninguna persona ni tampoco a la desaparición de estas dos menores.

Ambos se encuentran a la espera de los resultados que aporte la prueba de ADN, que se realiza en Madrid, y que podrían conocerse en los próximos días. Igual que las familias, a las que la Guardia Civil mantiene informadas.

Los allegados de las menores no quieren realizar declaraciones. El hermano de Virginia, Emilio Guerrero, manifiesta que no se pronunciarán públicamente hasta que no se conozca si los restos pertenecen a las niñas. «Ajenos a lo que se había publicado en los periódicos, cuando tuvimos conocimiento nos pusimos en contacto con la comandancia de la Guardia Civil en Aguilar y, a través de ella, en contacto con la de Palencia. Quedaron en darnos más información y en función de lo que digan veremos a qué atenernos», indica Guerrero al Diario Montañés.

Parte de la familia todavía reside en el municipio palentino, que vive pendiente de cómo se desarrollen los acontecimientos sobre un caso que conmocionó a todo el pueblo, mientras que la de Manuela se trasladó a Málaga.

La madre de pequeña, Karima Bougeffa, se enteró de la noticia por la prensa, por un enlace a una noticia en Facebook en el que descubrió que por la coincidencia en las fechas se barajaba que pudiera tratarse de su hija. «Llevamos un calvario de 25 años. Podremos esperar algunos días más. No se imaginan el dolor de unos padres», afirma, tal y como publica El Español.

La aparición de la mandíbula mantiene en vilo a los vecinos de Aguilar. Cada dato se recibe con revuelo e inquietud, pero también con prudencia porque la familia ya pasó por otra experiencia similar muy traumática, después de que se encontraran, en 1994, dos cráneos cerca del embalse de Requejada. Resultó que databan de la Guerra Civil.

ESCAPADA DE FIESTA A REINOSA Y VUELTA TRÁGICA EN AUTOSTOP

Con 800 pesetas que su madre le dio para una tarta, Virginia se montó con su amiga Manuela en un tren hasta la vecina localidad cántabra de Reinosa. Nunca regresaron a casa. Era 23 de abril de 1992 y la desaparición de las dos niñas de Aguilar de Campoo, de 13 y 14 años, sacudió al pueblo palentino, que revive la incertidumbre, la conmoción y la presión mediática de antaño. Ahora, a través de las redes sociales.

Las menores contaron en casa que acudirían a un cumpleaños en el municipio. Sin embargo, recorrieron 30 kilómetros para irse de fiesta a la discoteca Cocos, que ya cerró, y a la zona Parque de los Jardines de Cupido, en Reinosa. Una amiga de ambas, Alicia, que decidió en el último momento no acompañarlas, contó después los planes de las dos niñas.

Una vecina relató también que aquel día las vio haciendo autostop para regresar, sobre las nueve de la noche, pero no pudo detenerse por llevar su vehículo lleno. Otro testigo afirmó que recordaba un Seat blanco con matrícula de Valladolid y conducido por un varón parado frente a las niñas.
Los investigadores siguieron todas las pistas, pero no consiguieron dar con su paradero, ni con ninguna explicación sobre lo que les sucedió.

Virginia es natural de Aguilar, pero Manuela llegó con su madre de Francia, mientras su padre continuaba residiendo en París.

Cuentan las crónicas de la época que desde el principio las dos niñas se hicieron muy amigas, casi inseparables, y Manuela pasaba mucho tiempo en casa de Virginia.

Su caso movilizó a las fuerzas de seguridad y a los vecinos de la zona que se afanaron por buscarlas. También llegó a la televisión, al programa Quién sabe dónde, de Paco Lobatón, aunque el eco que tuvo otro suceso, el asesinato de las chicas de Alcàsser, les restó atención mediática.

En estos 26 años el recuerdo de ambas se ha mantenido vivo en Aguilar. Tanto, que los vecinos recaudaron fondos para la búsqueda, el equivalente a 2.500 euros, aunque las familias no llegaron a hacer uso del dinero.

Cuando se produjo el cierre de la fábrica Fontaneda, que sustentaba a gran parte del municipio, en 2001, decidieron donarlo para los afectados por el cierre, aunque siempre han manifestado que mantienen la esperanza de encontrarlas con vida.

 

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