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DE FIESTA EN FIESTA

El «Obispillo» en Burgos y Palencia

La mañana del día 28 de Diciembre, las calles burgalesas se animan con el desfile del Obispillo. Así viene sucediendo desde el año 1987, que se reintrodujo esta tradición en la ciudad para honrar a D. Luis Belzunegui Arruti, maestro de música y director de la escolanía de la catedral. El niño elegido para esta función sale de la iglesia de las Salesas, y montado en un caballo blanco y rodeado de sus compañeros de coro, cabalga hasta el Ayuntamiento, donde es recibido por el alcalde ante el cual expone las quejas, anhelos y deseos de los infantes de la ciudad. La seo burgalesa posee abundante documentación sobre esta fiesta entre los siglos XV y XVII que muestra la evolución de la fiesta.

 

En el s. XVI, por ejemplo, los niños del coro elegían entre ellos al que destacaba por su desparpajo y era capaz de hacer un buen papel como obispo burlesco. Tenía una autoridad simbólica y real, al mismo tiempo. Además de presidir las horas canónicas desde el sitial del obispo, iba en cabalgata organizada hasta San Juan y el Hospital del Rey, donde era espléndidamente agasajado. Le acompañaban canónigos y dignidades con todo el tropel de sus compañeros de cantoría. Cabalgaba en una mula, revestido con indumentaria episcopal, con mitra, guantes y anillo, pero sin báculo, porque debía mostrar una compostura decente, con las manos cruzadas sobre el pecho. Le estaba prohibido dar bendiciones a nadie, especialmente a perros y a gatos si se los encontraba por el camino. Los jóvenes cantores hacían todo lo posible para metérselos en el recorrido y así hacerle quebrantar la norma y asegurarse la juerga.

El Hospital del Rey debía recibir a la comitiva con un buen fuego para calentarse y una colación de «fruta buena con anís y vino bueno» que se especifica en «que non sea de la cosecha de la dicha cibdad, sino otro bueno e conveniente a las dichas personas según el estado dellas». Estas sutilezas las tenían con el obispillo, canónigos y dignidades, pero a los acompañantes de rango inferior les ofrecían «fruta la que razonablemente fuera e vino (dos veces a lo menos) de su cosecha (de la ciudad) o de otros que para ellos cumpla e sea razonablemente beber». Interesante apreciación donde se ve que ni si quiera en tiempo de transgresión se logra la igualdad. A partir de finales del s. XVI, pierde fuerza la figura del obispillo como autoridad bufa dentro de la catedral, y a comienzos del s. XVII se tienen noticias de que ha sido sustituida por una «fiesta del reinado», en la que los mozos del coro elegían a un rey para divertirse y pedir aguinaldos, simplemente.

Palencia recuperó la fiesta del Obispillo el año 2009 con la ayuda de otro maestro de capilla, D. Jesús Escudero. La ciudad del Carrión mantuvo la tradición hasta bien entrado el s. XIX, siendo la última en perderla en toda España. Hay noticias en las Actas capitulares al menos hasta 1854. Se conservó durante tanto tiempo porque al final quedó como un pasatiempo de los niños del coro, que celebraban su fiesta con la anuencia del cabildo, sin intervenir en la ciudad. También en Palencia el obispillo actual, revestido con las ropas del pontifical, capa pluvial, mitra, anillo y báculo, montado en su caballo y rodeado de los compañeros del coro, desfila por las calles hasta la casa Consistorial. El discurso que hace el infante ante el alcalde no difiere mucho del que se escucha en Burgos. No porque uno esté influenciado por el otro, sino porque los dos toman sus argumentos de la actualidad y de los problemas que aquejan a los niños en la ciudad, en España o en el mundo.

La fiesta del Obispillo durante la Edad Media, y buena parte del Renacimiento, estaba extendida por toda Europa. Consistía en que, a las vísperas del día de San Nicolás, 6 de Diciembre, durante el canto del Magnificat, al llegar al pasaje que dice «Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes», el prelado se despojaba de sus ropajes sagrados al tiempo que uno de los niños del coro era revestido de pontifical y hacía el papel de obispo desde este día hasta el día de los Inocentes, 28 de Diciembre. El obispo servía en el coro, cambiaba los libros y pasaba las hojas del cantoral. En algunas catedrales, como en Toledo, preparaban un escenario teatral para la consagración del prelado efímero. Se hacía descender de la bóveda un artilugio en forma de nube de la que salían dos ángeles portando la mitra y el báculo, que colocaban sobre la cabeza y en las manos de Obispillo. Esto lo hacían para dar a entender al pueblo que la elección episcopal era voluntad del Espíritu Santo. Vistas así las cosas, la fiesta era una manera que la jerarquía aprovechada para ejercitar su humildad, pero inmediatamente derivó en francachelas y alborotos, dentro del templo, sobre todo el día de San Nicolás y los Inocentes, y fuera, porque el obispillo salía en procesión bufa por la ciudad. Se escribían motetes y villancicos sarcásticos para cantar en el coro, a veces el incensario exhalaba humo que no era precisamente de incienso; el prelado efímero se las arreglaba para convertir el coro en un lugar de cachondeo, atrayendo a numerosos fieles que llenaban la catedral. Pero a pesar de que el Concilio de Basilea la prohibió en el s. XV, en España continuó celebrándose porque el alto clero no se consideraba con fuerza para acabar con ella.

A ejemplo de las catedrales, surgieron en las cortes medievales fiestas parecidas en las que los nobles se revestían de obispos y patriarcas para mofa del estado eclesiástico y divertimiento de los cortesanos. Los estudiantes universitarios les imitaron, pero de una manera más burda y agresiva, causando verdaderos problemas de orden público y provocando escenas que frecuentemente acabaron en litigios ante la autoridad y fueron penados con fuertes multas y castigos. Y la costumbre de disfrazarse de obispos y salir por las calles acompañando a las mascaradas, llegó a las villas y pueblos más pequeños. Las sinodales de Astorga, publicadas en 1580, prohíben que durante el tiempo de Navidad, anden «obispillos» por las calles.

San Nicolás de Bari nació y murió en Myra, ciudad de Turquía, donde se hizo famoso por la cantidad y calidad de sus milagros. Los que más impactaron en la población son el de las doncellas casaderas y los niños resucitados. Respecto al primero, la leyenda cuenta que un hombre rico venido a menos, al no poder casar a sus tres hijas por falta de dote, decidió prostituirlas. Enterado el obispo, consiguió tres bolsas de oro (otros afirman que tres manzanas) que introdujo, sin dejar rastro, en la casa del rico arruinado, con las que éste pudo pagar las dotes respectivas. El segundo milagro riza casi lo imposible. Refiere la leyenda que un carnicero había matado a tres niños con el fin de vender su carne para el consumo. Cuando ya los había partido y echado en sal en una artesa, el obispo Nicolás los resucitó, con sólo hacer la señal de la cruz. Con semejante curriculum, todas las naciones se rifaban sus restos. Pero sólo Bari consiguió robarlos de su emplazamiento originario y enterrarlos en su catedral, donde exudan un líquido denominado «mana» que es de gran poder taumatúrgico.

En absoluto se deben minusvalorar las fiestas actuales; al contrario, son un intento de renovación del patrimonio cultural inmaterial en unas ciudades (Burgos y Palencia) en las que abundan tradiciones navideñas. Es muy loable que en la creación de nuevos patrimonios se rebusque en el arca de la tradición en vez de incorporar modas que vienen de fuera y se imponen por la fuerza de la sociedad de consumo y los medios de comunicación. Pero conviene explicar con todo detalle el origen, la función y la evolución de las mismas, más que nada para no dar saltos históricos en el vacío, porque sin una buena y conveniente contextualización histórica social y cultural no se pueden estudiar los acontecimientos festivos.

 

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