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El 'RENACIMIENTO' DE SANTA MARÍA LA REAL

Cómo devolver la vida al pasado

José María Pérez ‘Peridis’ comparte a través de los capítulos de su libro ‘Hasta una ruina puede ser una esperanza’ la relación que ha mantenido con el Monasterio de Santa María La Real de Aguilar de Campoo / Entre sus muros, atacados por el paso del tiempo, disfrutó de su niñez y ese vínculo le empujó, ayudado por los vecinos de la localidad palentina, a resucitar a este monumento del románico

GUILLERMO SANZ / VALLADOLID
04/09/2017

 

El silogismo y la metáfora hacen que la piedra y la frialdad sean una inseparable pareja de hecho. Sin embargo, hay historias que logran que la calidez se adueñe de cada centímetro de mármol, cemento o piedra caliza. Historias contadas desde los más puros sentimientos, historias capaces de dar vida a lo inanimado, como si de una prosopopeya se tratara, historias como la contada por José María Pérez Peridis en su libro Hasta una ruina puede ser una esperanza, en la que relata, a través de los ojos de testigos y protagonistas, cómo Santa María la Real volvió a latir.

«Cuando se recupera un monumento es obligatorio dar cuenta de lo que se ha hecho y de cómo se ha hecho. Tenía que contar cómo, y cuándo lo hicimos. A nosotros no nos interesaba tanto restaurar, sino dar vida», reconoce.

Las primeras líneas de esta obra se escribieron hace muchos años, antes incluso de que la primera letra saliera del teclado de este arquitecto que de niño jugaba entre los muros del convento caído, nombre con el que se conocía al monasterio de Santa María la Real, en Aguilar de Campoo. El cartel de Monumento Nacional. Prohibido el paso no hacía más que alimentar las ganas de aventuras de un niño. Sus bóvedas ajadas reflejaban la España de la postguerra. Las ruinas fueron un compañero de juegos de Peridis, un primer amor que no olvidó con el tiempo y que quiso resucitar impulsando la Fundación Santa María la Real. «Es el monumento principal de la montaña palentina y fue un juguete en mi infancia. A la sombra del risco estaba la casa de mi padre. El agua la cogíamos del monasterio y la fruta la comprábamos a la gente que trabajaba en su huerta», recuerda.

Saltando con maestría las cercas que circunvalan los géneros literarios, el autor ha decidido separarse del camino de la historia, del arte o de la arquitectura para dar una identidad propia a su obra para narrar la biografía (porque ha logrado dar vida) del convento de monasterio de Santa María la Real, desde la fundación a manos del abad Opila hasta que se recompuso de sus metafóricas cenizas, como un gran ave fénix, tras un siglo y medio de decadencia. «Mucha gente de Aguilar no conoce la ruina que fue, de ahí el libro», explica Peridis.

La primera piedra del monasterio de Santa María la Real lo puso una leyenda. Una que cuenta cómo un hermano de Opila, Alpidio, estando de caza por los aledaños del río Pisuerga descubrió, escondidas por el bosque, dos ermitas visigóticas. En su interior aún se refugiaban algunas reliquias. En un arcón los hermanos descubrieron una imagen del Santo Cristo que les dejó impresionados por su talla y por el olor que desprendía la llaga de su costado. Ese momento, siempre según el relato, les empujó a construir un monasterio en el mismo terreno.

La realidad es un puente que sobrevuela la ficción y en este caso el primer documento real de que se tiene constancia es el que recoge una donación de la condesa Ofresa, en el año1012. Poco a poco, el monasterio fue creciendo, tomando cuerpo y empapándose de vida. Fue testigo de la historia. De cómo, por ejemplo, Santa María de Aguilar, junto a otros monasterios benedictinos, cistercienses y premonstratenses manifestaban su apoyo al infante Sancho (futuro rey Sancha IV) en la rebelión contra su padre, el rey Alfonso X.

La luz del monasterio se fue apagando poco a poco hasta que el 11 de octubre de 1835, el Decreto de Disolución de las Órdenes Religiosas da paso al abandono de la mayoría de los monasterios en España, entre ellos el que decora el paisaje de la localidad palentina de Aguilar de Campoo. Un año más tarde, la Ley de Desamortización incautaría las riquezas que aún descansaban entre los muros del monasterio para venderlos en subasta pública. Ese fue el primer epílogo de Santa María la Real.

Los monjes, moradores de sus pasillos y habitáculos durante mil años, cerraban a su paso la puerta de una parte de la historia, condenando con esa despedida a que en los muros del convento resonara el eco del silencio. Sus muros se quedaron huérfanos, sin vida. Envejeciendo con pasos de gigante, amenazando con mutar en ruinas y sin que nadie quisiera comprarlo. Esa falta de comprador llevó a que los mejores capiteles del claustro, algunos de la iglesia y algún sepulcro se despidieran de sus hermanos para poner rumbo al Museo Arqueológico Nacional. Uno de sus capiteles viajó desde allí hasta el Fogg Art Museum de la Universidad de Harvard.

Durante los años de la Segunda República, Santa María la Real vivió un lavado de cara. La reparación de la cubierta de la iglesia y pequeños arreglos en el monasterio apenas podía ocultar la decadencia de tan histórico lugar. Más cuando, tras estallar la Guerra Civil, sus columnas se convirtieron en refugio de las tropas, que dejaron recuerdos de metralla en algunos de los muros.
Ya durante el franquismo, la Dirección General de Bellas Artes encargó un proyecto de restauración a Anselmo Arenillas. Las pequeñas reparaciones fueron menguando hasta que la idea se esfumó. No sería la última lanza que se rompería en favor de la historia. Eso sí, la última bala se quedó en la recámara de un grupo de románticos que formaron en 1977 la Asociación de Amigos del Monasterio de Aguilar, una cruzada que pretendía recuperar arquitectónicamente el edificio, dotarlo de contenidos y convertirlo en un dinamizador cultural de la comarca aguilarense. «Cuando estaba tan arruinada, todo el mundo pensaba que algo había que hacer y el salto fue hacerlo nosotros. Levantamos la bandera y se apuntaron 500 socios. Lo primero que había que hacer era buscar dinero y lo segundo desescombrarlo para que no diera vergüenza enseñarlo», recuerda.

Así, Peridis se convirtió en un salvador, aunque el prefiera referirse a él mismo como «un encariñado con raíces en Aguilar», que llamó a las puertas de los despachos de Madrid hasta que la Dirección General de Arquitectura le destinó 15 millones de las olvidadas pesetas.

Comenzó entonces un camino como el que emprendían los protagonistas del Mago de Oz, guiados por la brújula de la ilusión pero sin saber si al final del camino encontrarían lo esperado. Entre estos cruzados se encontraba José María Pérez, Peridis, que recuerda como si fuera hoy cómo se encontraba el convento cuando empezaron las labores en los que el monumento vivía a su modo la Transición española: «Estaba lleno de escombros de las obras que no se acabaron y había una grúa oxidada... Se podía subir al piso de arriba por los escombros», recuerda. Dos meses de trabajo lograron dejar el escenario limpio de escombros.

Recuperando del baúl de los recuerdos a Miguel de Unamuno, esta asociación hizo de su frase «Hasta una ruina puede ser una esperanza» su particular grito de guerra. Una energía que ayudó a salvar de la muerte casi segura a un testigo de la historia de España. «El monasterio nos ha enseñado a hacer cosas que parecían imposibles. Hemos resucitado a un muerto. Es una sensación extraordinaria la que te da», confiesa. Lo primero fue recuperar «lo más valioso y lo que estaba en más peligro». El comedor, la cilla, la cocina y el claustro, al que le faltaban dos bóvedas y estaba cayéndose.

Comenzó entonces una «aventura proustiana en busca del tiempo perdido. He ido a mi infancia para restaurarla. He tenido la suerte de hacer este recorrido y me ha dado las ganas de escribir», confiesa el autor de Hasta una ruina puede ser una ilusión en el que ha «tratado de poner nombre y apellidos a toda la gente anónima» que ha puesto su ilusión en el monasterio.

Todos ellos ayudaron a resucitar al máximo exponente del románico palentino y lo hicieron siguiendo una hoja de ruta muy bien delimitada: «Tú ves una grieta y la grieta te dice algo. Al monasterio hay que escucharlo y él te pide lo que necesita. Me encanta la capacidad de evocación que tiene. Para mí era fundamental que no perdiera las arrugas. Tiene, las hiedras, el musgo, el empedrado un poco roto... eso te dice que por allí han pasado reyes hace ocho siglos. Era importante mantener esa huella, no destrozarla», admite.

Tras casi una década de labores de reconstrucción, la nueva cara de Santa María la Real aún no ha terminado de moldearse. Desde su vuelta a la vida, el monasterio se convirtió en un «contenedor de cultura» que logró poner con teatro o romerías el románico en el foco. Sus muros acogieron un instituto; «se pobló de las risas de los jóvenes y los niños. ¿Qué mejor manera de darle vida?» pregunta con retórica Peridis, que ha visto cómo una aventura que iba a durar dos años lleva ya las arrugas de cuatro décadas en su mochila.

Desde que la Fundación Santa María la Real vio la luz, todas sus fuerzas para abrir una ventana al mundo del románico. Lo ha hecho con iniciativas como la publicación de la Enciclopedia del Románico, la creación de la lanzadera de empleo, las Escuelas Taller o los múltiples proyectos de restauración y de promoción del patrimonio. Evitar, como hicieron con el monasterio en ruinas, que la historia de Castilla y León caiga en el olvido.

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