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Cacho, el poder de la convicción

Un 8 de agosto de 1992, el soriano Fermín Cacho ponía en pie a los 65.000 espectadores del estadio olímpico de Montjuic, al imponerse con facilidad en la prueba reina del atletismo, los 1.500 metros lisos. Un cuarto de siglo después, el protagonista de aquella hazaña y quienes la vivieron de cerca recuerdan el Oro más celebrado de los Juegos de Barcelona

MARÍA R. MAYOR / VALLADOLID
06/08/2017

 

Fermín Cacho siempre tuvo madera de campeón. Lo supo su entrenador, Pascual Oliva, al poco tiempo de conocerlo y observar que corría como nadie. También sus amigos atletas, como Abel Antón, con quien compartió durante años los duros entrenamientos y celebró las victorias mutuas. Pero, ante todo, lo sabía el propio Fermín que, a sus cualidades como deportista, siempre sumó el poder de la convicción.

El 8 de agosto de 1992, en vísperas de la clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona, Cacho hizo vibrar de euforia el estadio de Montjuic al imponerse con facilidad en la prueba reina del atletismo: los 1.500 metros lisos. Al mismo tiempo, un estallido de júbilo se extendió por todo Ágreda, el municipio soriano en el que nació el atleta y donde arrancó su imparable y exitosa carrera hasta el Olimpo del atletismo mundial.

Fermín Cacho no era el favorito de aquella final. Las quinielas apostaban por el marroquí Nouredinne Morceli, campeón del Mundo un año antes en Tokio, donde el atleta soriano había quedado en quinta posición. «Lo cierto es que desde que fue finalista en Tokio», Fermín estaba entre los ocho con posibilidades en Barcelona», comenta Pascual Oliva. El entrenador no se atreve a decir que él apostaba por el Oro. «Sí creíamos en una medalla y peleábamos por ello, y la clave está en que te lo creas», añade.

Fermín sí lo creía. Estaba convencido de su triunfo. Soñaba con él desde el 17 de octubre de 1986, cuando Barcelona fue elegida como ciudad organizadora de los Juegos de la XXV Olimpiada. «Mi primer pensamiento fue estar allí», asegura. Un año antes de la cita olímpica, cuando Cacho ganó en la Ciudad Condal el Campeonato de España de 1.500, se vio en 1992 en lo más alto del podio. «A medida que pasaba el tiempo, iba mejorando y ganando en grandes competiciones, me iba encontrando más seguro de lo que quería», explica. El atleta soriano menciona también el Campeonato del Mundo en el que quedó quinto «por una mala decisión» suya. «Pero, desde entonces, sabía que mi puesto estaba entre los tres primeros y que tenía que luchar por el Oro», añade.

Para llegar a colgarse la preciada medalla, las cualidades intrínsecas del mejor atleta español de todos los tiempos se habían aliado en una combinación perfecta con el empeño, la dedicación y la profesionalidad de su entrenador. Pascual Oliva ‘descubrió’ a Fermín Cacho a principios de los 80, cuando este profesor de Educación Física y ex pertiguista llegó a Ágreda como coordinador deportivo, contratado por el Ayuntamiento. El punto de partida para apreciar las virtudes atléticas de aquel chaval de 13 años fue un cross de los Juegos Escolares en la vecina localidad de Ólvega. Allí, Fermín directamente «arrasó», recuerda Oliva, que lo inició en el atletismo entrenándolo en el paseo de ‘La Dehesa’, nombre con el que se conoce el parque de Ágreda. 

Los entrenamientos siguieron en Soria con Cacho en 2º de BUP y becado por la Junta en una residencia gracias al tesón de Oliva, que, en aquella época, además de preparador, se convirtió en ocasional profesor particular de Latín para el atleta.

«Fermín era muy rápido, que es la primera cualidad que necesita un corredor para ser ganador, porque la resistencia la adquieres con el entrenamiento», explica Oliva. «Era muy competitivo, un ganador nato», añade, además de «disciplinado al cien por cien», hasta el punto de que pedía más entrenamiento, «después de todo lo que llevaba encima». Antes de cualquier competición, se cuidaba mucho. «No se tomaba ni un dulce, pero tampoco le costaba ningún sacrificio porque lo tenía asumido», comenta.
Para el doble campeón mundial de Maratón, el también soriano Abel Antón, las facultades de Fermín hacían presumir ya en sus comienzos «que iba a ser algo grande». Según Antón, disponía de «muchas cualidades físicas, espíritu de ganador –que es algo muy importante–, y no tenía miedo a nada ni a nadie», además de que gozaba de «una cabeza muy bien amueblada».

El fondista soriano, otro de los ‘pupilos’ de Oliva, conoció a Cacho en el 85, cuando el agredeño se desplazó a Soria para estudiar y seguir entrenando en firme. Antón, que acogió a su compañero y amigo en su casa durante cuatro años, asegura que vio las cualidades del futuro campeón desde el primer momento que le vio correr. «Ya destacaba sin entrenar, así que era cuestión de pulirlo; lo que nos sorprendió es que llegara a ser campeón olímpico tan pronto», comenta.

Y es que Fermín logró el Oro en Barcelona con solo 23 años. Aquella tarde, Abel Antón intervenía 20 minutos después que su amigo en la final de 5.000, así que presenció la carrera en un monitor de la denominada ‘cámara de llamadas’, un recinto intermedio entre la zona de calentamiento y la de competición, en la que un juez olímpico verifica que todos los atletas estén presentes y preparados para salir a pista a la hora de inicio de su prueba. «Parecía que la grada se nos iba a caer encima», rememora Antón de aquella triunfal llegada a meta de Fermín Cacho, que puso en pie a los 65.000 espectadores que abarrotaban el estadio de Motjuic.

Antes de que Antón entrara en la ‘cámara de llamadas’, Pascual Oliva, había estado calentando con él y dándole los últimos consejos, de modo que apenas disponía de tiempo para llegar a las gradas. «Empecé a correr y a subir las escaleras de cuatro en cuatro; creo que lo vi entrar en la meta y nada más, aunque ni siquiera estoy seguro de ello», confiesa el entrenador. También tiene una idea difusa de qué pudo decirle al atleta agredeño minutos antes de la final. «Aparte de darle confianza y animar, le alertaría de posibles situaciones de la carrera y, seguramente, le diría algo así como que utilizara todas las ayudas posibles y, en especial, la del público, que estaba con él». Oliva reconoce que lo máximo que le ha pasado como entrenador ha sido el Oro de Fermín en Barcelona. «Los maratones también son maravillosos, pero el punto olímpico le da una emotividad diferente, tiene otro sabor», argumenta.

Aunque no pudo ver en directo la carrera de campeón olímpico, fue el primero en fundirse con él en un efusivo abrazo. La segunda fue la madre de Fermín, Milagros Ruiz, que presenció la final en Montjuic entre angustiada y emocionada, junto al resto de la familia:el padre, Fermín, y sus hermanas. Todos ellos habían acudido a Barcelona el mismo día que el atleta disputaba las series y presenciaron su progresión hasta la apoteosis de la final.

Aunque su hijo era buen estudiante, y además «le costaba poco esfuerzo», explica Milagros, la familia siempre le dejó libertad y apoyó su carrera deportiva. «Cuando Enrique se lo llevó a Soria», recuerda, «su padre le animó» a que siguiera adelante. «Haz lo que puedas, pero tú a por todas» recuerda que le aconsejó el progenitor.

Años después, en la final olímpica de Barcelona, Fermín Cacho lució dos presentes de su madre. El primero, una medalla de la Virgen de los Milagros, la patrona de Ágreda, que le acompañaba en cada competición. La segunda, una de las banderas de España con las que dio la vuelta al estadio entre el fervor del público, y que su progenitora colgaba cada año del balcón de su casa durante las fiestas patronales.

En el «día más grande» de su vida, Fermín Cacho dedicó el Oro al fondista Jesús González Margaride, que tuvo que retirarse del atletismo por una enfermedad, y a su pueblo. Ágreda se encontraba aquel sábado de agosto en plenas fiestas de la Juventud. A las ocho de la tarde, la actividad se paralizó. Una gran pantalla en la fachada del Ayuntamiento, los televisores de los bares y los de cientos de casas sintonizaron al unísono la final en directo. Después de esos 3 minutos, 40 segundos y 12 centésimas con que Fermín culminó la carrera, una explosión de alegría se extendió por todo el municipio.

A miles de kilómetros de Barcelona y de Ágreda, en la Misión de Santa María de Zimbabwe, la alcaldesa, María Jesús Ruiz, siguió la carrera por Radio Exterior de España en compañía de su tío misionero y de ocho agredeños más. Para Ruiz, aquel momento supuso una inyección de orgullo para este municipio de 3.000 habitantes, situado en la raya con Aragón, Navarra y La Rioja, que vivió una proyección nacional e internacional que nunca hubieran imaginado sus vecinos. «Cacho demostró que con sacrificio y esfuerzo se puede llegar muy alto, y su éxito supuso un aliciente especial para los más jovenes», comenta.

En ausencia de la alcaldesa, acudió a Barcelona para presenciar la final en directo el teniente alcalde José Benito Hernández. «Fue una locura», recuerda ahora el ex edil, que ese día realizó un viaje relámpago de ida y vuelta, sin siquiera disponer de tiempo para felicitar a su paisano. Una llamada de otro concejal le requirió en Ágreda lo antes posible, porque empezaba a producirse una avalancha de medios de comunicación interesados por conocer el pueblo del campeón olímpico y el sentir de sus vecinos.

«Así que tuve que coger el coche y volver rápidamente», recuerda. Llegó a la una de la madrugada, pero, a esas horas, los agredeños seguían celebrándolo. La pantalla gigante que instaló el Ayuntamiento no fue el mejor medio para presenciar la final en directo, porque le dio el sol de frente y los congregados tuvieron que ir corriendo a sus casas para no perdérsela. Pero la hazaña de Cacho estuvo repitiéndose una y otra vez a lo largo de toda la noche.

De hecho, como recuerda José Luis Tutor, entonces presidente de la Peña Fermín Cacho, creada dos años antes, la fiesta se prolongó hasta el amanecer. Los cincuenta socios que se habían desplazado a Barcelona regresaron al pueblo a las seis de la mañana «y aquello estaba como si fueran las ocho de la tarde, reventado de gente esperándonos».

Los seguidores de Fermín no pasaron desapercibidos en el estadio, donde eran visibles sus pancartas de apoyo al paisano. A los cincuenta peñistas agredeños que acudieron a presenciar los Juegos se unían, cuando los identificaban, otros espectadores, muchos de ellos sorianos residentes en Cataluña. «La gente se nos unía como la mosca a la miel», comenta, «aquello fue para vivirlo».

El actual alcalde, Jesús Alonso, no pudo sumarse entonces al regocijo general porque estaba ayudando a su padre en las faenas del campo. Eso sí, ambos hicieron un paréntesis para presenciar con el resto de la familia la hazaña de su paisano.

El Ayuntamiento que preside Alonso está preparando para el fin de semana del 19 y 20 de agosto un acto conmemorativo de la gesta de su paisano más internacional. Aunque el programa no está cerrado, sí es seguro que incluirá un acto de homenaje al atleta en la plaza Mayor y una carrera popular por el municipio, en la que participarán el propio Cacho y algunos amigos atletas, como Abel Antón o Isaac Viciosa.
En el salón de plenos del Ayuntamiento se expondrán objetos relacionados con la trayectoria deportiva del campeón olímpico, como medallas, zapatillas o camisetas de sus múltiples triunfos en el atletismo.

Además, en el Palacio de los Condes de Gómara se proyectará de forma continuada la carrera olímpica de los 1.500. Más ambiciosa, y más difícil de conseguir, es la idea del alcalde de llevar el podio en que el Fermín Cacho recibió la Medalla de Oro, aunque Alonso sigue en el empeño.

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