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DE FIESTA EN FIESTA

La bajada del Nazareno en Almazán (Soria)

Almazán es una villa soriana de gran abolengo distante 30 kilómetros de la capital y 190 de Madrid, de donde recibe la mayor parte de los visitantes y turistas. Es la población más importante de la provincia después de la capital y la más dinámica económicamente hablando. El modélico desarrollo no está reñido con el aprecio que los vecinos sienten por la historia y el patrimonio de su villa y que cuidan celosamente. Sus habitantes son conocidos como ‘adnamantinos’ gentilicio que según explican los eruditos quiere decir habitante de Adnamantia, nombre con el que se conocía el lugar en la época romana. Incluso hay autores convencidos de que el topónimo significa «hacia Numancia» ya que la localidad está situada en la calzada que conducía a esta ciudad.

 

De la importancia histórica de la villa dan idea las iglesias entre las que sobresalen la de San Miguel con su llamativa cúpula hispanoárabe, Santa María del Campanario de origen románico con ampliaciones y añadidos posteriores, Santa María de Calatañazor y San Pedro. Como edificio civil sobresale el palacio gótico renacentista de los Hurtado de Mendoza, una joya de la arquitectura de la época, que cierra uno de los lados de la plaza mayor. Almazán es cuna de ilustres personalidades como Diego Laínez compañero de S. Ignacio de Loyola y famoso teólogo del Concilio de Trento.

El día central de la fiesta es el primer domingo de septiembre en honor al Nazareno, una imagen que a pesar de tener sólo tallados el rostro y el busto es de una belleza impactante que mueve a devoción a los fieles. Responde a la tipología conocida como Jesús Rescatado. Representa el momento en que Cristo es mostrado al pueblo en el pretorio coronado de espinas con las manos atadas a la altura del pecho. La devoción al Rescatado fue propagada por los padres trinitarios, alcanzando gran extensión en España e Iberoamérica, siendo el famoso Cristo de Medinaceli la imagen más conocida. El Nazareno de Almazán ocupa durante todo el año el altar mayor de su ermita situada en el casco histórico de la villa al lado de la plaza mayor. Un pequeño templo de planta octogonal de buena cantería terminada de construir en 1722 en un excelente estilo barroco.

En la declaración de Fiesta de Interés Turístico Regional se valoró el complejo ritual que tiene lugar el primer domingo de septiembre en la denominada ‘Bajada del Nazareno’. Según José Ángel Márquez Muñoz, gran investigador de la historia y costumbres de la villa, la tradición comenzó en 1843. Fue en este momento cuando se cambió la fecha de las fiestas patronales que hasta entonces se celebraban en honor a La Visitación. El cambio probablemente tuvo que ver con la ola de devoción cristocéntrica y pasionista que desde el s. XVIII y sobre todo desde comienzos del s. XIX se extendió por España. Pero la mudanza permitió al Ayuntamiento apropiarse simbólicamente de la imagen y de las manifestaciones devocionales, responsabilizándose de su custodia y logrando un desarrollo y enaltecimiento del culto al Nazareno.

Los actos religiosos comienzan con la subida, nueve días antes del primer domingo de septiembre. El Nazareno se pone en novena en la iglesia del Campanario, el templo emblemático de la religiosidad comunal donde se realizaban los oficios de acción de gracias y los ritos de petición de favores y protección del pueblo que eran pagados por el Ayuntamiento. La subida abre el ciclo ritual. La imagen es portada a hombros de braceros que han pujado para tener el honor de subir al Nazareno. Va acompañada por las autoridades civiles y numerosos devotos, aunque no tiene ni la fama ni el esplendor de la bajada.

Una banda marca el paso en la procesión, que además tiene la misión de acompañar oficialmente a las autoridades de vuelta a la casa consistorial cerrando con ello un tiempo ritual sacro y profano. Durante los días de la novena se programan muchos actos culturales y deportivos que caldean el ambiente lúdico y preludian lo que será el punto álgido de la fiesta. La bajada.

El primer domingo de septiembre, por la mañana, tiene lugar la subasta de los banzos. Los interesados pujan en pública lid ofreciendo cantidades por quedarse con el honor y privilegio de poder sacar, procesionar y dejar en su ermita a Jesús Nazareno. La puja se hace a la vista de todos. Las cantidades son elevadas. En años de bonanza económica se han alcanzado hasta 6.000 euros. Detrás de cada mozo que puja hay un colectivo que le respalda, una peña, un grupo familiar o ambos a la vez. Cuando las andas eran sencillas, cuatro hombres bastaban para llevar la imagen y entonces una familia podía hacerse cargo de la puja. Ahora que son como un paso de semana santa, se requieren doce personas para el transporte, por lo que no es raro ver que quien se queda con la subasta es el representante de un grupo heterogéneo creado para el ritual. Los que han participado alguna vez como porteadores hablan de los profundos sentimientos que vive el bracero al estar cerca de la imagen símbolo de la villa, de la emoción indescriptible sólo comprendida en toda su profundidad por aquellos que en otros años han podido hacer lo mismo. Vencer en la puja es además de un privilegio un refuerzo de identidad grupal o familiar.

Al atardecer del primer domingo septembrino todo el pueblo está reunido en los alrededores Santa María del Campanario. Va a dar comienzo La Bajada. La tradición manda que hay que calcular la hora del comienzo procesional y el tiempo del recorrido con tal precisión que a las diez en punto la imagen haga su aparición en la plaza mayor, espacio neurálgico el ritual. Cuando el Nazareno asoma, se apagan las luces y comienzan los fuegos artificiales, los petardos y la traca. Hasta cien kilos de pólvora se queman en cuatro o cinco minutos. La Imagen entra en la plaza mecida por los braceros al el ritmo de la música, y a paso lento atraviesa el espacio envuelto en la noche adnamantina que ahora estalla en una sinfonía de luces, cohetes, petardos y voladores, tiñendo de colores el cielo y de fogonazos intermitentes los muros del palacio y la iglesia. El espectáculo, difícil de olvidar, es una muestra de la religiosidad popular que Almazán dedica a su Cristo. El ruido atruena la plaza y envuelve a los asistentes mientras que los sones de la banda continúan marcando el paso del Nazareno y ponen el contrapunto cultural y cultual al desbordante dominio de la pólvora.

La imagen forma parte del tiempo y espacio ritual. Las luces y el sonido no significan lo mismo en una fiesta profana que aquí en esta vivencia de religiosidad colectiva. Por eso cuando el último estruendo de la traca pone fin al espectáculo la comunidad prorrumpe en aplausos, y cuando a la salida de la plaza el Nazareno se vuelve hacia los vecinos, caminando hacia atrás hacia su refugio habitual de la ermita, son los devotos quienes no pueden contener las lágrimas, porque son conscientes de estar, un año más, ante el rito que anuda las convicciones de pertenencia a una villa, a unas tradiciones y a unos sentimientos compartidos. Recogido el Cristo en la ermita comienza una sucesión de gente que, encabezada por las autoridades, y seguido de los braceros, la reina y damas de las fiestas, renueva la tradición de besar la orla del manto.

Al concluir la función los adnamantinos respiran felices porque un año más han renovado la tradición, y los forasteros que lo ven por primera vez están seguros de haber asistido a un espectáculo de profundas vivencias antropológicas. A la puesta en escena de un patrimonio que por ser inmaterial es universal, y como tal puede ser captado por cualquiera que tenga una mínima capacidad empática con la comunidad.

 

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