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TIEMPO DE FIESTA

Ánimas del Purgatorio

Noviembre: Dichoso mes que empieza con los Santos y termina con San Andrés

 

MAL CASA, a primera vista, el concepto de los difuntos con el de las fiestas. Porque la muerte, en todas las culturas, se vive como una separación forzosa y para siempre de un ser querido, lo cual, como toda ruptura, es causa de profunda tristeza. Al contrario, la palabra fiesta alude a reuniones celebrativas en las que no se trabaja y se emplea el día en alegres diversiones. Pero el duelo inherente a la pérdida de un ser querido no excluye en sí mismo manifestaciones lúdicas y festivas que, al estar ritualizadas, no son ni ofensivas ni contradicen el espíritu del momento. La comunidad donde vivió el finado es consciente de que su vecino ha pasado a otra dimensión y que, por lo tanto, su trato con él tiene que realizarse en otros parámetros. La comunicación entre vivos y difuntos es una constante cultural universal. A nosotros nos ha llegado un compendio de creencias y prácticas heredadas de culturas anteriores; por eso estamos ante una mezcolanza de ritos que tienen su origen en culturas religiosas pre judaicas, hebreas tamizadas por el cristianismo, adaptadas desde Roma por el catolicismo, y extendidas por todo el occidente, a las que hay que añadir los sustratos de las culturas prerromanas. Por eso, a la hora de acercarnos a las manifestaciones religiosas en relación con los difuntos, bien sea las transmitidas directamente por la Iglesia, las que el pueblo conserva en la memoria local colectiva en forma de leyendas, cuentos y consejas, o bien en las oraciones y rezos tradicionales, o en los conjuros para librarse de las Ánimas del Purgatorio, no podemos perder de vista todo este conglomerado que además ha evolucionado con el paso del tiempo.

Las diferentes religiones han creado una serie de prácticas a través de las cuales la comunidad cumple con los requisitos para que el grupo esté en paz consigo mismo y sobre todo para que el finado se sienta a gusto y no sea molesto para la comunidad de los vivos. La religión cristiana admite tácitamente que las almas de los difuntos se pueden aparecer a los mortales, y de hecho se aparecen. O sea que no son absurdos los convencimientos populares de que existen ‘Ánimas en pena’, que se relacionan con los vivos. Hay ejemplos en la historia de la Iglesia que lo confirman. El papa Gregorio I mandó rezar durante treinta días por el alma del monje Justo, el cual se le apareció al cabo de este tiempo para avisarle de que había salido del Purgatorio. San Nicolás de Tolentino, un santo agustino del s. XIII, comenzó a aplicar misas por los difuntos porque se le apareció el alma de un amigo suyo para decirle que rezase por él, para que saliese de ese lugar de fuego.

La relación de nuestra sociedad con los difuntos, en nuestros tiempos, está actualizada según los parámetros de la propia sociedad. Nos relacionamos según manda la cultura, según vienen las modas, o mejor dicho, según nos las traen. La irrupción de Halloween con tanta fuerza es una muestra de los vaivenes de la cultura finisecular y de comienzos del s. XXI. Esta manera de celebrar los difuntos, en la que los más jóvenes se han visto privados de la relación directa con los familiares desaparecidos, se entiende perfectamente dentro del gran contexto de la desaparición de la familia extensa, de la paulatina retirada de los ancianos de la circulación hacia unos lugares de cuidados excelentes y asépticos de los que, a su vez, un día desaparecen sin dejar más rastro que la pequeña memoria familiar. La relación que se establece entre vivos y difuntos en el Halloween se hace mediante personajes y criterios creados por el cine. Nada que tenga que ver con la realidad tradicional, lo cual no quiere decir que no sea interesante y verdaderamente importante. Las Ánimas, los espíritus del más allá que para la comunidad representaban una realidad concreta, bien porque habían convivido con nosotros o porque sus características nos habían sido transmitidas por una tradición probada y contrastada, han sido sustituidas por los zombies, y las momias; o se representan según los patrones cinematográficos. Las genuinas Ánimas, para la cultura europea occidental, son las que perviven en la tradición, las que han llegado hasta nosotros también creadas por la cultura hegemónica.

Una de las constantes culturales es el intento de controlar a los incontrolables, de reducir a parámetros ideales un mundo que no se rige por las mismas leyes que el natural, y, en este sentido, el culto a las Ánimas es un buen ejemplo de ello. La muerte, según se acepta en la cultura occidental judeo-cristiano-platónica, separa el alma del cuerpo. El cuerpo vuelve a la tierra, eso es fácil de comprobar, pero el alma, ¿qué pasa con el alma? Y aquí entran las diferentes religiones para explicar lo aparentemente inexplicable. El alma, el espíritu, es incontrolable, por eso deben practicarse una serie de ritos que ayuden a sujetarlo.

Entre los romanos, para no caer a su muerte en el peor lugar de todos, en el olvido, codificaron los rituales que debían seguirse en las honras fúnebres. El ius sepulturae, el derecho a la sepultura era el único reconocido para los esclavos. No podían andar sueltos por ahí espíritus peligrosamente autónomos. Los poderosos dejaban grandes cantidades de dinero para construir su tumba y la de los herederos, para perpetuarse en la memoria de las siguientes generaciones.

El cristianismo, en sus diferentes versiones, se ha preocupado del culto a los difuntos, pero tratando a cada uno según su categoría. No existe realmente una igualdad ante la muerte. Ni todos se han enterrado en los mismos sitios y de la misma manera, ni por todos se han aplicado ni se aplican los mismos sufragios.

Los cristianos, desde el primer momento, además de honrar a los difuntos según los principios de la ley de sepultura romana, crearon ritos conmemorativos de los mártires, las personas que dieron la vida para afirmar sus creencias. Estas fechas coincidían con la memoria, o sea con el día de la muerte del héroe, el día que ellos consideraban su ‘dies natalis’, día del nacimiento a la otra vida, a la vida plena del cielo. La tradición se reforzó en la medida que los cuerpos de los mártires fueron objeto de culto, hasta llegar a la celebración de una fiesta de los santos y de los mártires.

Paralelamente al desarrollo del culto a los santos y mártires se comienza a configurar la doctrina sobre el purgatorio como lugar de sufrimiento en el cual caen «prácticamente» todas las almas, porque según la doctrina de la Iglesia todos somos pecadores y todos somos acreedores a estas penas, no tanto como castigo de Dios sino por la imperfección de la naturaleza humana.

En la elaboración de esta doctrina, que se configura a lo largo de los siglos, tiene gran importancia el pensamiento de los Santos Padres; algunos de la categoría de San Agustín, de rotunda formación y profunda influencia hasta nuestros días. Pero no se termina con las antiguas creencias en los espíritus que para los cristianos son Ánimas, y a los que tratan de una forma bastante imprecisa. En unos casos se habla de las Ánimas en General que están en el Purgatorio, pero que se les admite la posibilidad de salir para anunciar a los vivos sus sufrimientos y pedirles que recen por ellos, y en otros, son grupos organizados de espíritus que lo mismo protegen a los vivos que hacen justicia con los mortales fuera de la ley (entiéndase con los poderosos). Esto dará pie para leyendas y creencias sobre aparecidos y ánimas en pena.

Se comunican con los mortales propiciando un entramado de encomiendas con ellos, lo que propicia la creación de un mundo de leyendas, creencias, y sobre todo ritos de comensalidad que se practican durante todo el mes de noviembre. El culto a las Ánimas, conseguido a lo largo de los siglos, es una amalgama de manifestaciones culturales y religiosas elaboradas a lo largo de la historia, y que reproduce los modelos de convivencia, ayuda mutua etc. imperante en el mundo de los vivos. Las cofradías, bien sea sólo de Ánimas o de cualquier otra advocación, propician y encauzan estas relaciones sobre todo aplicando sufragios por las que pueden estar aún en el purgatorio.

En los próximos artículos de este mes de noviembre trataré de los aspectos populares de la devoción a las Ánimas, que se manifiestan en las leyendas, en los banquetes fúnebres, en las cofradías, y en otras tradiciones como las campanas y campanillas al servicio de los que nos han precedido.

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